«AHORA TENGO GANAS DE VIVIR»

«Ahora tengo ganas de vivir». JAVIER PÉREZ PARRA | MURCIA

Nueve personas en situación de dependencia por enfermedad mental conviven en un piso tutelado de la Fundación Fusamen.

Ángel, dibujando uno de sus retratos en su habitación del piso tutelado de Fusamen, en Santa Cruz. / Guillermo Carrión / AGM

Ángel pasa las tardes dibujando en su cuarto del piso tutelado de la Fundación Fusamen en el que vive desde hace dos años y medio, en la pedanía murciana de Santa Cruz. Tiene ya toda una colección de retratos, que enseña con orgullo. «Antes yo no hacía nada. Me pasaba todo el día en la cama, con los porros, en casa de mi madre sin mover un músculo. Estaba realmente mal. Cuando vine aquí, fue como si me encendiesen un botón. Ahora tengo muchas ganas de vivir». Ángel tiene planes para este verano: quiere volver a casa de su madre y arreglarla. Porque además de dibujar, es un manitas.

 

Comparte el piso de la Fundación Murciana de Salud Mental (Fusamen) con ocho compañeros, todos ellos en situación de dependencia por enfermedad mental. Dos mujeres y siete hombres de entre 30 y 50 años que, de no contar con esta vivienda, seguirían dependiendo de sus familias o se verían condenados a una residencia. «Aquí están integrados socialmente; hay una serie de normas pero entran y salen con autonomía. Se busca que sea su hogar, su espacio», explica Dioni Cutillas, coordinador tanto de esta vivienda tutelada como de otro piso similar en Alquerías. No hay muchos más recursos de este tipo en la Región pese a sus evidentes ventajas, subraya María José Ortiz, presidenta de Fusamen. Para dar a conocer la realidad de la salud mental, la fundación celebra el próximo domingo, en los jardines del Malecón, su primera carrera solidaria.

 

En la vivienda de Santa Cruz hay un cuidador las 24 horas. Pero se intenta que sus moradores tengan la mayor autonomía posible. Se reparten sus tareas y mantienen la casa impoluta. Víctor, con 50 años recién cumplidos, es el más veterano. «Llegué aquí hace dos años, vivía solo y estaba muy mal», cuenta. La rutina empieza en el piso a las ocho de la mañana. Después de arreglar las habitaciones y el desayuno, acuden a talleres ocupacionales o hacen deporte. Por la tarde tienen terapia con el psicólogo, bien en grupo o de forma individual. En el tiempo libre, cada uno da rienda a sus aficiones, salen a pasear o a tomar un café. Ir al cine o merendar fuera les resulta casi imposible por culpa del copago. Las plazas que ocupan en la vivienda están concertadas con el IMAS. Les cuestan toda su pensión -independientemente de la cuantía- y solo se salvan 106 euros al mes para gastos cotidianos. «No podemos hacer nada, da para tabaco y poco más. Deberían reducir el copago y que fuese más progresivo», se queja Víctor.

Pese a que permiten más autonomía y ofrecen mejores resultados en rehabilitación psicosocial, hay muy pocas viviendas de este tipo en la Región.

 

«Como hermanos»

Su habitación, en la planta baja, la comparte con Manuel. Ambos son «como hermanos». Todos en el piso son una gran familia. Con algún que otro roce en ocasiones, pero sin grandes problemas de convivencia. Han adoptado a una perra, 'Samara', que corretea aterida de frío por el huerto. Ha salido un día lluvioso y el brócoli, las acelgas y el naranjo no necesitan riego. A José Tomás le encanta este rincón de la casa. Cuida con mimo las plantas y disfruta cuando llega el momento de recoger los tomates y pimientos. «Tengo esquizofrenia paranoide y estuve tres años y medio en el psiquiátrico Román Alberca. Aquello es muy duro, no tiene nada que ver con esto», recuerda, y los ojos se le ponen llorosos.

'Samara' ha salido a recibir a José Antonio, un antiguo ocupante de la casa que ha venido de visita. Desde octubre está en otro piso donde también hay supervisión, pero no un cuidador las 24 horas. «Ahora soy independiente, tengo una vida normal y corriente», cuenta satisfecho. Es un paso más hacia la autonomía personal, pero el suyo es un caso excepcional. El IMAS no subvenciona este tipo de viviendas para personas con un grado de dependencia más leve, con lo que es un recurso inaccesible para la mayor parte de personas con enfermedad mental. Es el gran problema de la Ley de Dependencia, que desde su inicio estuvo diseñada más para dar respuesta a las situaciones de dependencia física que para mejorar la atención socio sanitaria en salud mental.

Gracias a iniciativas como las de Fusamen va mejorando, poco a poco, la red social de atención a las personas con enfermedad mental. La vida les ha cambiado a los habitantes de esta casa de Santa Cruz. Ángel ha aprendido a cocinar - «antes solo sabía hacer huevos fritos», confiesa-; Víctor ha abandonado la soledad; y Manuel se siente feliz cuando coge su bici y se escapa a dar una vuelta por El Valle. Su experiencia aquí les ha devuelto las ganas de vivir.

 

http://www.laverdad.es/murcia/201704/30/ahora-tengo-ganas-vivir-20170430005732-v.html

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